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La energía no se pierde, se deja de activar

Por Redacción

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Durante años hemos aprendido a normalizar el cansancio. Vivimos con la sensación persistente de estar agotados, incluso cuando dormimos, comemos “bien” y cumplimos con nuestras obligaciones. Sin embargo, cada vez más expertos coinciden en una idea tan simple como reveladora: el cuerpo no está fallando, está inactivo.

El diseño original del cuerpo humano

El cuerpo humano fue concebido para el movimiento. Cada músculo, cada articulación y cada sistema interno responde de forma óptima cuando se activa. Desde la circulación sanguínea hasta la digestión, pasando por la respiración y el equilibrio hormonal, todo funciona mejor cuando el cuerpo se mueve con regularidad.

No obstante, el estilo de vida contemporáneo ha ido en dirección opuesta. Jornadas laborales frente a pantallas, desplazamientos prolongados en coche y espacios diseñados para minimizar el esfuerzo físico han convertido la inmovilidad en la norma. Así, sin darnos cuenta, pasamos más horas sentados que nunca en la historia de la humanidad.

El cansancio que no se soluciona descansando

A primera vista, el agotamiento parece pedir descanso. Sin embargo, en muchos casos ocurre lo contrario. El sedentarismo ralentiza la circulación, reduce la oxigenación de los tejidos y disminuye la eficiencia metabólica. Como resultado, el cuerpo entra en un estado de bajo rendimiento que se traduce en fatiga constante, pesadez física y falta de claridad mental.

Además, cuando los músculos no se activan, el cuerpo comienza a “ahorrar energía”, apagando procesos que considera innecesarios. Este mecanismo, lejos de protegernos, nos vuelve más vulnerables al cansancio, a los dolores corporales y a la sensación de apatía generalizada.

El movimiento como generador de energía

Paradójicamente, moverse más es una de las formas más eficaces de recuperar energía. Actividades tan sencillas como caminar, estirarse o cambiar de postura con frecuencia estimulan el sistema cardiovascular, mejoran la oxigenación celular y favorecen la liberación de endorfinas, conocidas por su efecto revitalizante.

Por tanto, el movimiento no debe entenderse como un esfuerzo adicional, sino como un estímulo esencial. No se trata de entrenamientos intensos ni de rutinas extremas, sino de devolverle al cuerpo el ritmo natural para el que fue diseñado.

Más allá del cuerpo: los efectos invisibles del sedentarismo

Asimismo, la falta de movimiento impacta directamente en la mente. Estudios recientes vinculan el sedentarismo con una menor capacidad de concentración, aumento del estrés y cambios en el estado de ánimo. El cuerpo y la mente no funcionan como entidades separadas: cuando uno se estanca, el otro lo resiente.

Con el paso del tiempo, esta desconexión se manifiesta en rigidez articular, dolores cervicales y lumbares, problemas posturales e incluso alteraciones del sueño. El cansancio deja de ser puntual y se convierte en una constante silenciosa.

El lujo del movimiento consciente

En un mundo que valora la productividad constante, recuperar el movimiento se convierte en un acto de cuidado personal. Introducir pausas activas, caminar sin prisa, estirarse al despertar o dedicar tiempo a una actividad física placentera es, hoy en día, una forma de lujo silencioso.

Los especialistas recomiendan integrar al menos 30 minutos diarios de movimiento consciente y, sobre todo, evitar largos periodos de inmovilidad. Pequeños gestos —levantarse cada hora, elegir las escaleras, caminar durante una conversación— pueden transformar de manera profunda la forma en que el cuerpo responde al día a día.

Volver al cuerpo para recuperar la energía

En definitiva, el cansancio crónico no siempre es una señal de que necesitamos parar, sino de que necesitamos movernos mejor. Escuchar al cuerpo implica comprender que la energía no se conserva quedándose quieto, sino activándose.

En una era marcada por la comodidad, el verdadero bienestar reside en reconectar con el movimiento. Porque, al final, un cuerpo que se mueve es un cuerpo que despierta.